Artesanías, Costumbres y Tradiciones

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En gran medida, en la zona de Concepción, como en el resto de la Cuenca del Mira, la forma y condiciones de existencia de la población negra estuvieron determinadas en su desarrollo – o al menos, fuertemente condicionadas- por la existencia de la estructura piramidal de poder característica de la hacienda, lo cual no posibilitaba autonomía en múltiples aspectos de orden económico, político, social y limitaba considerablemente las posibilidades de cambio. A esto se podía agregar la escasa vinculación e interrelación poblacional existente con respecto a los centros urbanos más próximos y el desinterés estatal por apoyar efectivamente a estos grupos campesinos en sus reivindicaciones y necesidades sociales básicas.

La precaria economía de la población, consecuencia directa de su condición de fuerza de trabajo explotada y sometida al poder hacendatario, y su reducida vinculación o articulación a la dinámica de la sociedad nacional, constituyeron importantes factores para la conservación por mucho tiempo de tradiciones culturales que tiene que ver con formas y sistemas productivos, estructuras familiares, relaciones intra e intergrupales, hábitos de alimentación, vivienda, vestido, recreación, religiosidad y festividades, usos lingüísticos, etc.

Esta “permanencia cultural” –relativa, por cierto–, pues a través del tiempo fueron produciéndose transformaciones, resultó alterada significativamente con la disolución de la hacienda tradicional y la nueva condición de propietarios de la mayoría de los campesinos, apartir de una posterior y notoria acción del Estado – especialmente como ente generador de servicios sociales – y una gran integración a los circuitos de mercado tanto comercial como laboral.

En tiempos de la gran propiedad, los exiguos ingresos económicos de los huasipungueros únicamente permitían una dieta alimenticia basada en producción obtenida de sus pequeñas parcelas, el trueque, y algún producto que esporádicamente se podía comprar en la zona o, muy eventualmente, en la ciudad de Ibarra.

Las chozas de bahareque, y las de “paredes de mano” (hechas en base de barro, sin carrizo7),fueron las viviendas características de los huasipungueros, e inclusive de algunos pequeños propietarios; en ella no había lugar sino para un equipamiento mínimo, fabricado generalmente por los usuarios a partir de materiales de la zona. En aquellos años, los poblados negros constituían conglomerados desordenados de chozas ubicadas en el perímetro de la hacienda, no disponía de agua entubada – peor potable -, tampoco de energía u otros servicios básicos, en algunos caseríos existían escuelas unidocentes funcionando en precarias condiciones, y sólo se podían acceder a ellos a través de caminos de tercer orden o utilizando el ferrocarril Ibarra – San Lorenzo.

El vestuario era bastante pobre y aquí prácticamente no existía lugar para la moda; la recreación de los adultos se limitaba a las reuniones sociales entre amigos y familiares, ingerir licor y jugar naipes, cantar y/o bailar al ritmo de la música tradicional en las fiestas familiares y de los caseríos. El porcentaje de analfabetismo alcanzaba índices muy elevados y sólo unos pocos pobladores habían logrado terminar la educación primaria.

Para las tareas agrícolas, en las cuales participaban también las mujeres y, en ocasiones, los niños, se empleaba únicamente la energía humana, herramientas como palas y zapapicos, y los bueyes para el arado. No existía mecanización alguna y tampoco se utilizaba abonos químicos, fungicidas o insecticidas de ninguna clase.

La producción en el huasipungo se orientaba fundamentalmente al autoconsumo de la unidad doméstica, generando escasos excedentes que podían destinarse a la comercialización o al intercambio: en estas circunstancias los contactos con los centros urbanos estaban limitados a eventuales ventas de pequeñas cantidades de ciertos productos (frutas y tubérculos,básicamente) en las ferias semanales, y a salidas para efectuar “diligencias” que requerían de la presencia de los trabajadores en la ciudad.

En la hacienda, las mujeres de los huasipungueros participaban activamente en las tareas del trapiche como “empapeladoras”, es decir envolviendo en hojas de plátano los atados de panela que iban a ser vendidos fuera de la gran propiedad; algunas eran destinadas al servicio doméstico en la casa de la hacienda y a veces en la residencia del patrón en la ciudad. En el campo hacían las labores de deshierbe y el denominado “pateo” o sea circular vigilando los campos de la hacienda: estaban sometidas, igual que los hombres, a las tareas asignadas y a un salario similar. Los niños varones eran articulados al trabajo a partir de los trece años de edad y ganaban un salario mínimo: se ocupaban en arrear carreteras, en hacer montones de caña cortada destinada a la molienda. Después de tres o cuatro años de este aprendizaje pasaban a la categoría de peones, incorporándose a las labores de cualquier trabajador.8

Las fiestas más importantes de los caseríos negros se celebraban en honor al santo patrono y a la Virgen: en esas ocasiones la población participaba en actos religiosos (misas, novenarios) con mucho fervor. La fiesta del pueblo constituía, a la vez, una buena oportunidad para divertirse bailando al son de melodías interpretadas por bandas musicales contratadas en pueblos de blanco – mestizos y por los “conjuntos de bomba”9, y también para reforzar lazos de amistad y parentesco. El fervor religioso, significativo en la mayoría de la población, se manifestaba particularmente en las celebraciones de Semana Santa, Cuaresma, Día de Difuntos y Navidad.

Por aquellos tiempos, las fiestas familiares se limitaban a ciertas ocasiones muy especiales (v, gr, matrimonios, bautizos): aquí, después del rito religioso, se festejaba con comida, aguardiente, música y bailes tradicionales. Prácticamente no se conocían las fiestas por cumpleaños u otros motivos distintos a los ya señalados.

Con relación a las unidades domésticas puede decirse que aunque existían ciertas tendencias a la formación de familias nucleares, la modalidad familia ampliada tenía mayor presencia. Laformalización de los lazos conyugales, a través de la ley civil y/o el matrimonio eclesiástico, siempre tuvo mucha importancia para el negro norteño, a pesar de las inevitables excepciones. En este sentido, la “unión libre” nunca fue bien vista por el conglomerado social; de igual manera, la procreación de hijos al margen del matrimonio (“hijos naturales”) y el abandono del hogar por parte de hombres casados. Las posibilidades de establecer relaciones afectivas entre el hombre y la mujer estaban bastantes restringidas debido a un gran control de parte de los padres hacia las hijas, lo cual impedía una comunicación libre y espontánea.

Las normas de la Iglesia Católica con relación a la planificación familiar (condena al uso de métodos artificiales de contracepción, específicamente) eran aceptadas prácticamente por la totalidad de parejas muchas de ellas procrearon una numerosa prole, a la cual resultaba muy difícil mantener.

En la transmisión de conocimientos e inculcación de valores y comportamientos sociales a niños y adolescentes el peso de una tradición de siglos, en la cual el papel de los padres y abuelos fue preponderante, se constituyó en decisiva para la conformación de la personalidad de los individuos y en particular para quienes no llegaron a experimentar las influencias de la educación escolarizada. Todavía la cultura oral manifestaba una fuerte presencia con relaciónal proceso endoculturativo vigente en la zona.

Por otra parte, las perspectivas sociales con relación a una futura forma de vida se reducían a las limitadas posibilidades ofrecidas por las haciendas y caseríos: para la gran mayoría de jóvenes no se presentaban otras alternativas viables que las de asumir el mismo modus vivendi de sus progenitores, familiares y coterráneos –como trabajadores de hacienda-, o emigrar a las ciudades en busca de trabajo.

Las precarias condiciones de vida de los huasipungueros estimularon la pervivencia de la reciprocidad y ayuda mutua, como eficaces y necesarios mecanismos orientados a resolver los problemas, necesidades y limitaciones planteadas por una dura cotidianidad: esto fue particularmente desarrollado al interior de los grupos de parentesco sanguíneo y ritual.

A primera vista, y de manera superficial, bien podría pensarse que en la Concepción de hoy, y sus caseríos, nada o casi nada queda de lo que antaño –vale decir hace unas 3 o 4 décadasconstituyeron elementos y manifestaciones culturales propias y diferenciadas del pueblo negro que por siglos laboró en las grandes haciendas cañeras y agrícolas de la zona. Por ejemplo: las típicas chozas de bahareque y paja de caña o de “paredes de mano” han desaparecido, para dar paso a construcciones muy similares –sino idénticas- a las observadas en otras zonas rurales de la sierra norte; el tradicional vestido de la mujer negra(pollera, blusas de colores vistosos, pañuelos de cabeza, collares de cuentas, pañolón para los días fríos) ha quedado relegado al uso de unas pocas mujeres de edad avanzada, y la gran mayoría de hombres y mujeres de edad avanzada, y la gran mayoría de hombres y mujeres –jóvenes,especialmente- visten ropas similares a las que usan la mayor parte de los ecuatorianos.

Los caseríos tienen ahora, cierto trazado urbano y alguna infraestructura social inexistente en tiempos de las viejas haciendas (v. gr. escuelas prefabricadas, energía eléctrica, agua entubada); la cabecera parroquial – en su trazado urbano, construcciones y servicios básicos- se asemeja a otros pueblos del país. Muchas familias han incorporado a su cotidianidad el uso de artefactos tales como cocinas a gas, televisores, equipos de sonido o radio -grabadoras; se consumen alimentos, bebidas y otros productos industrializados antes fuera del alcance de la gran mayoría de la población. Casi no existen analfabetos –el pueblo de Concepción cuenta inclusive con un colegio de ciclo básico -; hay un buen nivel de escolaridad y algunos individuos han alcanzado un alto grado de formación académica (estudiantes y profesionales universitarios).

Con el transcurrir del tiempo ciertos cultivos destinados a satisfacer la dieta tradicional, talescomo la yuca, el camote, el plátano, casi han desaparecido (el área dedicada actualmente a éstos es insignificante) y las tierras se dedican hoy a cultivos comercializables, principalmente tomate, fréjol10 y maíz. Las familias campesinas se han incorporado así, a una economía monetarizada que depende en gran medida de los vaivenes del mercado.

En la actualidad, los concepcionenses deben vender casi toda su producción para acceder a los alimentos y bienes que ellos no producen: el antiguo mecanismo del trueque ha sido ya olvidado, quedando apenas uno que otro “rezago” de esta práctica cotidiana en tiempos de la gran hacienda. La producción orientada al mercado, si bien genera buenos réditos en temporadas de precios altos, también obliga a los campesinos a la utilización intensiva de insumos industrializados (abonos químicos, fertilizantes, insecticidas, especialmente en el caso del tomate) anteriormente no usados en el cultivo parcelario. En este sentido, el ritmo de las modalidades del trabajo agrícola han cambiado: los tomateros de Concepción dedican hoy mucho de su tiempo y esfuerzos a labores culturales de riego, fertilización del suelo, control fitosanitario, etc.

Sin duda la integración de los circuitos del mercado, tanto comercial como laboral (en éste último caso por parte de quienes buscan trabajo temporal en el ingenio azucarero de Tababuela o en ciudades como Ibarra y Quito) ha determinado una gran movilidad poblacional, antes desconocida en la zona. El constante ir y venir, hacia y desde los centros urbanos es ahora una práctica cotidiana que evidencia la gran dependencia económica a que está sometida la población y constituye a la vez un importante referente de explicación a cambios culturales que últimamente se han producido en esta zona.

En las ciudades se adquieren, paulatinamente, otros hábitos y comportamientos sociales que se trasladan a los pueblos y caseríos de origen. Con el tiempo, estos hábitos y comportamientos se difunden y asimilan en el ámbito general, llegando a formar parte de la cotidianidad familiar y social, como ha sucedido –por ejemplo- con nuevos productos de consumo alimenticio, útiles de aseo personal y adorno, ropas y modas, equipamiento doméstico, formas rituales de festejar fiestas de cumpleaños, bodas y bautizos, y nuevas modalidades de entretenimiento familiar (radio y televisión básicamente). Los requerimientos de dinero para solventar las nuevas necesidades son mayores ahora y la vida y perspectivas sociales, en general, de han tornado más complejas.

La asimilación de nuevas costumbres, hábitos, ciertas formas de mirar la vida y la vigencia de nuevas condiciones de subsistencia podrían conducirnos a creer que en lo que en términos antropológicos es conceptuado como rasgos característicos de una “cultura tradicional” han desaparecido por completo en esta zona, o que apenas quedan ya escasas manifestaciones “no relevantes” en función de la estructura y dinámica sociales. Sin embargo, y a pesar de los evidentes cambios que pueden ser detectados, perviven aún entre la población negra manifestaciones y rasgos particulares que conforman parte importante de una tradición cultural de siglos. Resistiéndose a desaparecer, a despecho de las nuevas condiciones de vida y de las influencias externas e inquietudes internas, la música tradicional negra constituye un buen ejemplo de lo afirmado.

La “Bomba” sobrevive…

Desde tiempos inmemoriales, que se remontan a la esclavitud en la hacienda cañera, el negro de la sierra norte encontró en la música y el baile un medio eficaz para recrear, quizás de manera inconsciente, la tradición lejana y perdida del Africa ancestral y, al mismo tiempo, manifestar, por medio de la versificación, vivencias y sentimientos que tienen que ver con realidades del grupo social, experiencias, sueños, frustraciones, ilusiones personales. La “bomba”11, verso, música y baile, se constituyó así en un elemento comunicador por excelencia, un vehículo de denuncia y, al tiempo, en manifestación cultural identificadora.

Los grupos musicales tradicionales utilizaban además del tambor, denominado también “bomba”, instrumentos sencillos elaborados a partir de plantas y frutos de la zona, tales como los “purus” (calabazos silvestres secos), hojas de naranjo, el “alfandoque” (caña guadúa rellena con semillas), la “calanguana” (calabazo con incisiones, a manera de güiro), e inclusive quijadas de asno –como instrumento de percusión.

Algunos de estos instrumentos casi han desaparecido, pero otros se han incorporado a través del tiempo. Así, en la actualidad se utilizan guitarras, requinto, guiro, maracas, panderetas, claves; unos pocos grupos que han tenido la oportunidad de comercializar su música usan inclusive el bajo eléctrico, hecho que habla claramente de afán existente por modernizar la interpretación de la música vernácula en los nuevos conjuntos musicales negros.

La música–bomba, interpretada por los grupos de bomba y las “bandas mochas” (conjuntomusical tradicional que utiliza los instrumentos mencionados arriba), se han ido transformando con los años. Así, algunas canciones compuestas en los últimos años dan cuenta de las nuevas realidades e incorporan nuevas modalidades rítmicas. Sin embargo, la finalidad cultural – festiva – comunicacional misma de la “bomba”, su mensaje intrínseco y sus posibilidades de convocatoria, aunque un tanto menguadas con relación al pasado, no han variado.

Cabe anotar que, en los últimos años, ritmos musicales tales como la salsa y el son cubano, el vallenato de la costa atlántica colombiana, y hasta el rap o el afrorock han sido incorporados prácticamente en forma masiva por la juventud de la Cuenca de Río Mira: las evidentes raíces negras de estos géneros son, sin duda, el elemento que, sumado a la influencia de la moda, determina su gran aceptación por parte de las nuevas generaciones.

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